El timbre sonó dos veces, un sonido agudo y eléctrico que cortó la atmósfera cálida del apartamento.
Ethan se levantó del sofá con esfuerzo, dejando a Luciana envuelta en la manta gris de lana que compartían. El olor a lluvia y humedad de la calle parecía muy lejano en ese pequeño refugio del Upper West Side, donde el aire estaba saturado con el aroma del café recién hecho y una intimidad perezosa.
—Debe ser la pizza —dijo Ethan, rascándose el pecho desnudo.
Llevaba solo unos pantalones deportivos de algodón gris que colgaban bajos en sus caderas, y estaba descalzo. Su cabello estaba revuelto, una secuela de los dedos de Luciana jugando con él durante la última hora mientras veían una película mala en la televisión sin prestarle atención real.
Luiana se acurrucó más en la esquina del sofá, subiéndose las rodillas al pecho. Llevaba puesta una camiseta vieja de Ethan, de una banda de rock que probablemente ya no existía.
Era solo una chica esperando una pizza de pepperoni con el chico q