La luz de la mañana en el Upper West Side no tenía la majestuosidad filtrada de la Quinta Avenida. No entraba a través de cortinas de terciopelo pesado ni rebotaba en suelos de mármol italiano. Aquí, el sol se colaba sin permiso por las persianas de aluminio entreabiertas, dibujando líneas de polvo dorado que bailaban en el aire y golpeando directamente sobre las sábanas.
Luciana se despertó por el aroma.
No olía a limpiador de lavanda industrial ni al vacío estéril de la Mansión Sterling. Olía