La luz de la mañana en el Upper West Side no tenía la majestuosidad filtrada de la Quinta Avenida. No entraba a través de cortinas de terciopelo pesado ni rebotaba en suelos de mármol italiano. Aquí, el sol se colaba sin permiso por las persianas de aluminio entreabiertas, dibujando líneas de polvo dorado que bailaban en el aire y golpeando directamente sobre las sábanas.
Luciana se despertó por el aroma.
No olía a limpiador de lavanda industrial ni al vacío estéril de la Mansión Sterling. Olía a café recién hecho, a libros antiguos y a hombre.
Se estiró perezosamente, buscando el calor a su lado, pero encontró el espacio vacío. Abrió un ojo, sintiendo una punzada de pánico infantil, ese miedo residual de que la noche anterior hubiera sido un sueño febril.
Pero Ethan estaba ahí.
Estaba sentado en el alféizar de la ventana, con una taza de café en la mano y solo los pantalones de pijama puestos. El sol de invierno iluminaba su torso desnudo, marcando los músculos definidos de su abdome