Luciana bajó del auto de Jerome en la esquina de la calle 116, lejos de las miradas curiosas de la entrada principal. Llevaba jeans de diseñador que se ajustaban como una segunda piel, un suéter de cachemira color crema y unas gafas oscuras de gran tamaño que ocultaban las ojeras del placer y el insomnio. Se veía casual, sí, pero en ella, lo casual parecía inalcanzable.
Caminó hacia el edificio de la facultad con el corazón marcando un ritmo de alerta roja. Sabía que Richard tenía ojos en todas