Entraron a la mansión Sterling en un silencio pesado. Luciana finalmente había dejado de llorar, pero el estrago emocional era evidente: sus ojos estaban inyectados de sangre y el maquillaje, que esa mañana había aplicado como una armadura de guerra, ahora era un rastro de ceniza sobre sus mejillas.
—Cuéntame todo —dijo Ethan finalmente. No la soltó; mantuvo su mano atrapada entre las suyas como si temiera que, de no hacerlo, ella se desvanecería—. Exactamente, ¿qué dijo Richard?
Luciana respiró