El taxi se detuvo frente a la pequeña casa de madera azul. Cassandra pagó al conductor y permaneció inmóvil en el asiento trasero, contemplando a través de la ventanilla aquella estructura que parecía sacada de un sueño lejano. Las cortinas blancas seguían allí, ondeando suavemente con la brisa que entraba por las ventanas entreabiertas.
—¿Va a bajar, señora? —preguntó el taxista, mirándola por el retrovisor.
Cassandra asintió, aunque su cuerpo no respondía. Finalmente, tomó aire y salió del ve