El silencio de la casa era tan denso que Cassandra podía escuchar el latido de su propio corazón. Sentada en el borde de la cama que una vez compartieron, observaba cómo las sombras bailaban en las paredes, proyectadas por la luz de la luna que se filtraba entre las cortinas. Había aceptado quedarse, pero ahora se preguntaba si había sido un error. La casa entera parecía respirar con los recuerdos.
Thomas dormía en el sofá. Lo había insistido él mismo, con esa mirada que ella conocía tan bien—l