—Finalmente en casa —suspiré, abriendo la puerta del departamento mientras Christian me seguía.
—En casa —concordó él, jalándome para un beso suave antes incluso de cerrar la puerta—. Donde sea que estés tú.
Sonreí contra sus labios, sintiendo esa familiar ola de calor. Claro que él no se iba a quedar aquí para siempre —solo hasta estar autorizado para viajes en avión, probablemente una semana o dos. Entonces volveríamos a la rutina de él en el Valle de Uco y yo en Buenos Aires. Pero por ahora, por estos pocos días preciosos, tendríamos una rutina doméstica real, sin horarios de hospital o enfermeras interrumpiendo.
—Qué bueno estar fuera de ese lugar —dijo él, respirando profundo como si estuviera inhalando libertad—. Despertar sin el sonido de monitores, dormir sin que alguien chequee signos vitales cada dos horas...
—Y tener tu propia enfermera particular —agregué con una sonrisa maliciosa.
—Mucho mejor que las del hospital —murmuró, robándome otro beso.
Fue entonces que se de