Dante salió del despacho con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba, dejando tras de sí un rastro de su perfume caro y esa tensión eléctrica que Ariadna sentía siempre en la boca del estómago. Ella se quedó de pie, mirando la puerta cerrada durante un largo minuto, tratando de que sus manos dejaran de temblar. El silencio que quedó en la oficina de Gestión Humana era pesado, casi asfixiante.
—Concéntrate, Ariadna. Solo concéntrate —se susurró a sí misma, llevándose las manos a las siene