Dante la miró fijamente, y por un momento, la frialdad de sus ojos se suavizó de una forma que ella no supo descifrar. —El contrato era para salvar la empresa, eso es cierto. Pero lo que pasó después... —hizo una pausa, mirando su vientre de forma casi imperceptible bajo la mesa— eso no estaba en los planes de nadie. Ni en los de Velik, ni en los míos.
El camarero llegó con la comida: un plato de pescado blanco al vapor, ligero, sin salsas ni olores fuertes. Dante lo había planeado todo, inclus