Ariadna cerró la puerta de su departamento y el sonido del pestillo encajando se sintió como el punto final de una oración demasiado larga. Dejó caer la maleta, la mochila y el bolso justo en la entrada, sin importarle que obstruyeran el paso. Aquel lugar, que durante semanas había parecido un recuerdo lejano y polvoriento, ahora la recibía con un silencio sepulcral.
Se desnudó con movimientos mecánicos, dejando el vestido blanco —ese que minutos antes parecía una armadura de elegancia— tirado