El viaje en el auto fue, posiblemente, uno de los momentos más incómodos que Ariadna recordara. Dante conducía en un silencio absoluto, con las manos apretando el volante de cuero con una fuerza que hacía que sus nudillos se vieran blancos. Ella, sentada en el asiento del copiloto, no se atrevía ni a encender la radio. Se limitaba a mirar por la ventana cómo los edificios de la ciudad pasaban a toda velocidad, preguntándose en qué momento su vida se había convertido en un guion de una película