En la pantalla, la frialdad de Akira se transformó en una mueca de puro desprecio. Sin apartar la mirada de la cámara, levantó la mano libre y le propinó un golpe seco a Elena en la cara con el cañón de la pistola. La mujer mayor soltó un quejido ahogado detrás de la cinta gris, y su cabeza se sacudió hacia un lado, dejando ver un hilo de sangre que comenzaba a mancharle la comisura de los labios.
—Esto es un juguete —siseó Akira, volviendo a pegar el arma a la sien de la mujer—, igual que toda