Ariadna se quedó de pie en el centro del recibidor, con el pecho subiendo y bajando de forma violenta. El aire le faltaba en los pulmones y el calor del abrigo que acababa de ponerse la asfixiaba, pero no hizo el menor intento por quitárselo. Tenía los puños apretados a los costados y la mirada fija en las botas de Velik. Sentía una humillación profunda, una rabia sorda que le quemaba la garganta y que amenazaba con hacerla estallar de nuevo en llanto, pero se contuvo. No iba a mostrarse débil