La mañana siguiente llegó con un cielo encapotado y un frío húmedo que se filtraba por las rendijas de los ventanales de la mansión. Ariadna apenas había pegado el ojo en toda la noche; se había limitado a permanecer sentada en el sillón de su habitación, vigilando el silencio de la casa y esperando el amanecer.
A las ocho en punto, el sonido metálico del portón exterior abriéndose le indicó que la comitiva de abogados había llegado.
Ariadna bajó las escaleras vistiendo un traje sastre negro, s