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Al día siguiente, la rutina matutina en la casa se desarrolló bajo esa misma calma tensa que se había vuelto la norma. Los niños ya habían desayunado en la cocina entre risas y balbuceos, y la niñera los había llevado al jardín trasero para que jugaran bajo la estricta y cercana vigilancia de los hombres de Velik. Dante se había encerrado temprano en el estudio; el silencio de Akira lo tenía consumido por la sospecha y apenas había tocado su taza de café negro.

Ariadna estaba de pie junto a la
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