Una vez que Dante cortó la videollamada, el silencio que cayó sobre el pasillo de la mansión fue sepulcral, denso y cargado de una hostilidad invisible. Akira había quedado en enviar la ubicación exacta del encuentro al teléfono de Ariadna en los próximos minutos, dejando el aparato convertido en una bomba de tiempo entre las manos de su esposo.
Ariadna se quedó estática frente a él. Abrió las manos en un gesto deseperado, un ademán de palmas abiertas que desnudaba todas sus dudas, sus inquietu