Dos días después del regreso a Manhattan, la calma en la propiedad seguía siendo una línea delgada y tensa, a punto de romperse. El sol de la mañana apenas lograba entibiar los grandes ventanales del salón, pero en el interior, el ambiente reflejaba una actividad silenciosa y militar.
Dante no había dormido más de tres horas consecutivas en las últimas cuarenta y ocho horas. Caminaba por los pasillos con el teléfono móvil pegado a la oreja o revisaba las pantallas del sistema de seguridad que V