El ambiente en la mansión era eléctrico. Dante, todavía en shock, no se atrevía a tocar a Alexei, quien lo miraba con una mezcla de adoración y miedo. Sin decir una sola palabra de explicación, Dante le hizo una seña a Iván para que custodiara la entrada y, casi a la fuerza, subió a Ariadna a la habitación.
—¡Suéltame, Dante! —gritó Ariadna en cuanto cruzaron el umbral del dormitorio.
Ella le dio un empujón con las pocas fuerzas que tenía y, en un arranque de impotencia, agarró el jarrón de cri