La habitación de la clínica olía a ese desinfectante fuerte que a Ariadna siempre le revolvía el estómago. Estaba acostada, mirando el techo blanco, mientras el sonido del monitor fetal llenaba el vacío: pip, pip, pip. Era el corazón de su hija, latiendo rápido, como si ella también sintiera la tensión que había en el aire.
Dante no se había movido de su lado en tres horas. Estaba sentado en un sillón, con los hombros tensos y la mirada clavada en la pantalla. Parecía que estaba tratando de hip