La espera en la clínica era una tortura silenciosa, un vacío denso que parecía consumir el oxígeno del pasillo privado. Dante Volkov caminaba de un extremo a otro, sus pasos resonando como golpes de tambor sobre el mármol impecable.
Cada vez que daba la vuelta, sus ojos buscaban la puerta de urgencias pediátricas con una mezcla de desesperación y terror que nunca antes había sentido, ni siquiera en sus peores guerras territoriales.
Ariadna permanecía en una esquina, sentada en un sofá de cuero