Un mes después, el Jardín de los Socios era un lugar diferente. El viejo roble parecía más verde, más robusto, bajo la suave luz del atardecer. No era solo una reunión, era un regreso a casa. Luna, con el brazo ya sin cabestrillo, pero con una cicatriz rosada que llevaría para siempre, caminaba del brazo de Mateo, cuya sonrisa era ahora más fácil, menos cargada. Detrás de ellos, entrando al jardín, venía su familia: Ana, radiante y pegada a Nico; Elena y Miguel, compartiendo una complicidad sil