El silencio en la sala del faro, después del rugido del mar que todo lo tragaba, era denso, incómodo. No era el silencio de la paz, sino el de la conmoción. Luna seguía temblando en los brazos de Mateo, su llanto un sacudirse silencioso contra su pecho. Elena había bajado la linterna y miraba la ventana vacía con una expresión vacía. Sofía fue la primera en reaccionar, sacudiéndose la inmovilidad.
—Hay que revisar heridas —dijo, su voz profesional rasgando el estupor—. Luna, tu brazo. Mateo, tu