La celebración en el Jardín de los Socios tenía un sabor agridulce. Los farolillos colgaban entre las ramas del roble centenario, lanzando círculos de luz dorada sobre los rostros sonrientes. Ana había preparado un pastel decorado con los colores de Aldería —oro, verde y azul— que ahora descansaba sobre la mesa de piedra, medio consumido. Las risas resonaban en el aire nocturno, pero bajo la superficie de cada sonrisa latía una pregunta no dicha, una sombra que la fiesta no podía disipar del to