La sala de juntas de Aldería Innovadora era un anfiteatro de caoba y cristal, donde el aire acondicionado no lograba disipar el calor de la tensión. Los accionistas, un mosaico de trajes caros y rostros calculadores, ocupaban sus sillones giratorios. En la cabecera, Javier presidía con la serenidad de un general que ya ha ganado la batalla. A su derecha, Diego Márquez observaba con una sonrisa discreta. Pablo Valdez estaba sentado entre ellos, evitando mirar a la sección donde Luna, Mateo y un