La sala de estar se había convertido en un centro de mando improvisado. Mapas de Aldería, marcados con notas, cubrían la mesa de centro. Tomás vigilaba las cámaras en una pantalla portátil. Elena preparaba café en la cocina, un pretexto para mantenerse ocupada. Y en el centro de todo, DJ enfrentaba las miradas escrutadoras de Luna y Mateo.
—No voy a pedirte que confíes en mí —dijo DJ, sin bajar la vista—. No lo merezco. Solo pido que escuches. Y que uses lo que sé.
Luna, pálida pero con los ojo