La habitación de hospital olía a antiséptico y a miedo contenido. La luz blanca de los fluorescentes hacía parecer más pálido el rostro de Luna, marcado por un corte superficial en la frente (ya suturado con tres puntos) y el brillo de la conmoción en sus ojos. Mateo no se había movido de su lado desde que llegó corriendo al servicio de urgencias, su propio rostro era una máscara de terror apenas controlado. Su mano rodeaba la de ella con fuerza.
—Los médicos dicen que es un milagro —susurró, c