La noche olía a ceniza y a sueños rotos. El edificio que había sido «Raíces y Sabores» era ahora una herida negra y humeante en el corazón del Distrito Sur. Los bomberos, exhaustos y con el rostro ennegrecido, controlaban las últimas llamas rebeldes. El charco de agua sucia en la calle reflejaba el rojo de las luces de emergencia, como si el propio asfalto sangrara.
Luna sostenía a Ana, cuyo cuerpo no dejaba de temblar a pesar de la manta térmica. Nico, al lado, miraba las ruinas con una expres