El salón privado de la abuela Marta olía a té de tilo y a recuerdos amargos. La luz de una lámpara de mesa iluminaba su rostro surcado de arrugas, ahora despojado de su habitual estoicismo. Mateo y Luna estaban sentados frente a ella, la carta de "E" entre ellos como una llama que quemaba.
—Es hora de que sepan —comenzó Marta, su voz un hilito débil pero clara—. Por el bien de ese niño, y por el de Roberto, cuyo corazón nunca sanó de esta herida. Ella se llamaba Elena. Elena Ríos.
El nombre res