El taller de San Isidro olía a aceite, tierra y metal caliente. Miguel Ríos era un hombre de pocas palabras y manos hábiles. A sus veintitrés años, su mundo estaba delimitado por los surcos del Valle y el interior de los motores que reparaba. Ana y Nico, después de aquella primera visita paralizante, habían vuelto. Esta vez, con una excusa débil: "Estamos haciendo un proyecto escolar sobre técnicas de cultivo sostenible en pequeñas fincas".
—La de los Roldán, dos kilómetros más allá, usa riego