La amenaza escrita fue solo el principio. En los días siguientes, el teléfono privado de Mateo sonaba en mitad de la noche. Al contestar, solo había un silencio pesado, roto por una respiración ronca y forzada al otro lado, antes de que colgaran. Los correos electrónicos a la cuenta oficial de Aldería Renace llegaban desde direcciones desechables, con líneas de asunto como “El fuego avanza” o “Cenizas pronto”. El cuerpo del mensaje, siempre vacío.
—Es intimidación psicológica pura —diagnosticó