El eco del vals aún vibraba en mis pies, pero el calor de la mano de Alistair en mi cintura era lo único que me mantenía anclada a la realidad. Caminamos hacia el estrado real, donde Aurora nos esperaba. Alistair mantenía la espalda tan rígida que parecía a punto de romperse; sabía que, para él, estar frente a ella era una tortura que ocultaba tras una máscara de hierro y seda.
—Estáis radiantes —dijo Aurora con esa voz dulce que siempre me había hecho sentir protegida. Su vestido, una cascada