La capital se convirtió en un auténtico cementerio bajo la lúgubre bandera de Valdor, que ahora ondeaba en lo alto de las torres donde antes brillaba el estandarte real. Durante cuatro días agónicos, el caos absoluto fue el único rey en las calles empedradas. Vane se paseaba por el gran salón del trono con la corona de Aethelgard, todavía manchada con restos de sangre seca, saboreando una victoria que le sabía a gloria y poder absoluto. Sin embargo, su socio en esta traición, el Rey de Valdor,