El cuarto día de la ocupación enemiga amaneció con una neblina espesa y gélida que cubría la capital como un sudario grisáceo, ocultando los horrores cometidos en sus calles. A pocos kilómetros de las imponentes murallas, Alistair permanecía oculto entre la maleza, observando el perfil de su ciudad herida. Sus hombres estaban exhaustos, con las armaduras abolladas y el rostro cubierto de hollín, pero el aura implacable de su señor les impedía rendirse. Alistair ya no era el hombre gélido y dist