El sol de Punta Cana se levantó brillante y sin piedad, como si quisiera iluminar hasta el último rincón oscuro que aún quedaba en sus vidas. Lia despertó con Mateo gateando sobre su pecho, sus manitas suaves explorando su rostro y su risa fresca llenando la habitación. Por un segundo, todo pareció perfecto: el sonido del mar, el calor del cuerpo de Alejandro a su lado, la inocencia absoluta de su hijo.
Pero la conversación de la madrugada con su madre y la llamada de Daniel seguían pesando com