Dos semanas después de la declaración pública, la vida en la mansión había cambiado.
Ya no había distancia. Ya no había reglas frías. Alejandro y Lia dormían cada noche en la misma cama, se despertaban juntos, desayunaban riendo y pasaban las tardes planeando cómo defenderse de Camila y su cómplice. La junta había aceptado temporalmente su versión, pero la amenaza seguía latente. Daniel Torres trabajaba día y noche para recopilar pruebas contra Camila.
Sin embargo, algo más estaba cambiando en