La amenaza del secuestro había cambiado todo.
Lia ya no dormía más de dos horas seguidas. Cada ruido, cada sombra, cada mensaje que llegaba al teléfono de Alejandro la hacía saltar. Mateo, que antes era un bebé tranquilo, ahora lloraba más, como si sintiera el miedo constante de su madre.
Esa mañana, mientras intentaba darle el pecho, Lia rompió a llorar sin poder controlarse. Las lágrimas caían sobre la cabecita de su hijo.
Alejandro entró en la habitación y la encontró así. Se arrodilló frent