Habían pasado casi dos semanas desde que la cuenta regresiva de las 48 horas terminó sin un nuevo ataque directo.
La villa en Punta Cana se había convertido en un refugio estable. Mateo ya gateaba con más confianza, se incorporaba sosteniéndose de los muebles bajos y soltaba carcajadas cuando lograba dar dos pasos tambaleantes antes de caer sentado. El mar era su nuevo patio de juegos: pasaba horas en la arena, dejando que las olas le mojaran los pies y señalando las gaviotas con sus deditos re