La noche en Punta Cana era especialmente hermosa. El cielo estaba despejado, lleno de estrellas, y una luna casi llena pintaba el mar de plata. Dentro de la villa, todo parecía en calma. Mateo dormía profundamente en su cuna, con la boquita entreabierta y una manita cerrada alrededor de su osito favorito. Lia estaba acurrucada contra Alejandro, respirando con esa paz que solo llega cuando el cuerpo y el alma por fin se rinden al descanso.
Pero Alejandro no dormía.
Se había levantado sin hacer r