El reloj marcaba las 3:14 a.m. en la villa de Punta Cana.
Lia no había vuelto a dormir. Estaba sentada en el borde de la cama, con Mateo dormido en su regazo, envuelto en una manta ligera. El bebé respiraba tranquilo, ajeno al huracán que giraba a su alrededor. Alejandro caminaba descalzo por la habitación, hablando en voz baja con Daniel por el teléfono seguro mientras revisaba en la tablet las imágenes de las cámaras de seguridad del hospital en Santo Domingo.
—Tu hermano ya está siendo trasl