Lia se quedó mirando el mar, con la copa de vino en la mano y el corazón todavía latiendo fuerte. Mateo se había dormido entre ella y Alejandro, con la cabeza apoyada en su hombro y la respiración tranquila. Por primera vez en mucho tiempo, Lia sintió que todo estaba realmente en su lugar.
Alejandro le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia sí.
—Se acabó, ¿verdad? —susurró.
Lia tardó en responder. Miró a su hijo dormido y luego al mar que tanto les había quitado y devuelto.
—No —dijo e