Las semanas siguientes fueron un oasis de paz relativa.
Mateo ya tenía casi cinco meses y era un bebé alegre, con los mismos ojos grises de su padre y una risa que llenaba toda la mansión. Lia había recuperado parte de su energía y Alejandro había reducido drásticamente sus horas en la oficina para estar con ellos.
Una tarde soleada, los tres estaban en el jardín. Alejandro empujaba el cochecito de Mateo mientras Lia caminaba a su lado, tomados de la mano.
—Nunca pensé que esto sería posible —d