El avión privado surcaba la noche atlántica a treinta y cinco mil pies de altura. Dentro de la cabina principal, las luces estaban bajas, creando un ambiente cálido y protegido. Mateo dormía profundamente en su moisés especial, asegurado entre los asientos de Lia y Alejandro. El bebé había llorado solo los primeros minutos del despegue, pero el suave ronroneo de los motores y el calor de sus padres lo habían arrullado rápidamente. Ahora respiraba con esa placidez absoluta que solo tienen los ni