El atardecer en Punta Cana pintaba el cielo de tonos rosados y dorados que se reflejaban en el mar como fuego líquido. Mateo dormía profundamente después de un día entero de playa, arena y risas. Su carita estaba ligeramente sonrosada por el sol, y una sonrisa pequeña se dibujaba en sus labios mientras soñaba. Lia lo observaba desde la mecedora, con una mano apoyada en la cuna, como si necesitara tocarlo para asegurarse de que estaba realmente allí, seguro.
Alejandro entró en la habitación con