La mansión estaba en completo silencio cuando regresaron de la entrevista. El sol ya se había ocultado y las luces automáticas iluminaban los pasillos con un brillo suave y frío.
Lia subió las escaleras sin decir una palabra. Sentía el peso de la actuación de todo el día como una losa en el pecho. Había sonreído, había tocado el brazo de Alejandro, había dicho “te amo” delante de las cámaras… y por unos segundos, casi lo había sentido de verdad.
Alejandro la siguió en silencio. Cuando llegaron