Fuego Salvaje
Ariadna no solo sonrió; se convirtió en la sonrisa, en la promesa y en el desafío. Su respuesta, "Una guardiana sabrá domar al lobo," no fue solo una frase, sino la entrega de su alma y la declaración de una guerra sagrada contra cualquier vestigio de dolor que se interpusiera entre ellos. Elías, el Alfa predestinado, se permitió un último suspiro de rendición. El temor a su propia fuerza, el miedo a la fragilidad de su Luna, se desvaneció ante la magnitud de su amor y la inocenc