El Anclaje del Alfa
La luz de la mañana se filtraba por las altas ventanas de la biblioteca, pintando el polvo suspendido en el aire con motas doradas. El silencio no era el de un amanecer cualquiera; era la quietud sagrada que sigue a un cataclismo. Ariadna despertó, no con el sobresalto de quien se encuentra en un lugar extraño, sino con la conciencia cálida y pesada de estar justo donde debía.
Estaba envuelta en el brazo de Elías. La alfombra persa se había convertido en su lecho, el montícu