“—A menos que… aceptes la oferta”.
Las palabras de Carlos resonaron en la mente de Ariadna con un eco tormentoso y ensordecedor.
Ariadna hubiese querido poder detenerse en ese momento a llorar de frustración al haber sido tan tonta de confiar en el desgraciado de su tío Carlos para firmar ese maldito contrato que la había llevado a esa situación, pero el destello de luz que se reflejó en el filo de la navaja que Elias sacó de su bolsillo le dejó paralizada y sin tiempo para reaccionar.
La poder