Jonathan no durmió bien esa noche. Ni las noches venideras. Se despertaba a horas sin nombre con el techo encima y los pensamientos dando vueltas sin orden. Pero llegó el fin de semana y con él Leo, y cuando sintió el pequeño cuerpecito de su hijo aferrarse a él todo lo demás se aquietó. Era un niño al que no tenía ni dos meses de conocer y que ya era lo más importante de su vida. Así, sin aviso, sin proceso. Solo lo era.
Jonathan y Elizabeth estaban sentados frente al televisor pero ninguno de