Addison esperó a que Jonathan cerrara la puerta del cuarto de Leo.
Luego salió al pasillo.
Elizabeth seguía en la sala, el abrigo todavía puesto, la taza de té en la mano que le había ofrecido Jonathan antes de irse con el niño. No se había sentado. Era la postura de alguien que no piensa quedarse mucho tiempo.
Addison lo notó.
—Ya puedes irte, sabes —dijo, con una amabilidad completamente fabricada—. Ya llegaron. Ya no se necesita niñera de respaldo.
—No soy la niñera —dijo Elizabeth.
—No, cla