Elizabeth no tuvo tiempo de formular la respuesta correcta porque los labios de Jonathan ya estaban en su cuello, y el problema con Jonathan Berry era que sabía exactamente dónde, exactamente cómo, con esa memoria que no olvidaba nada de lo que importaba.
Y Elizabeth, que había tomado decisiones con los ojos completamente abiertos, cerró los ojos.
Sus manos encontraron los hombros de él sin que tomara la decisión de moverlas. Así había sido siempre con Jonathan.
—Jonathan —dijo, y su propio n